No me gusta que Buenos Aires sea inabarcable, que toda distancia que se considere tal lleve una logística mínima de sesenta minutos. Odio las horas pico, odio la grosería.
Me gusta la vuelta de la esquina, aquel rincón que nunca se nos había hecho visible. La magia de la sorpresa. Cierta raza amable que sobrevive en los pequeños comercios de San Nicolás. El sol que nos toca la cabeza, a veces, salido entre los edificios.
Advertisement

